Comenzó un día gris. El sol se negó a levantarse del todo y
los insectos desaparecieron. La tierra gorgoteaba aquí y allí evidenciando que
la cálida noche no había sido más que el preludio de la indigestión de una la
malsana mañana. Amanecí sola. Los árboles sumidos en un mutismo aletargado
ofrecían más escollos que cobijo en mi taciturno deambular. Siempre pienso en
estos días, que va a ser el último de estos días... y que a partir de un
instante todo serán primaveras... y siempre fallo ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué
me aferro a una promesa de un puede que termina en un casi? ¿Por qué la gente
no desaparece en los días de lluvia fina cuando las zarzamoras te tientan para
probar sus rúbeos frutos? Puede que todo esté en mi mente, y realmente nunca
hubiesen estado aquí... y en estos días en los que mi mundo me obliga a parar,
estiro la mano para atrapar sólo aire.
Una de mis voces me embrujó una vez «que la buena suerte te
persiga»... y no puedo menos que preguntarme si esto es un mal necesario para
que esa suerte siga actuando.
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